Mira las dos figuras de arriba. Una se llama bouba y la otra kiki. Nadie te dijo cuál es cuál, y aun así probablemente ya elegiste: la redonda es bouba, la picuda es kiki. Casi todo el mundo elige igual, en decenas de idiomas y sin ponerse de acuerdo.
Lo nuevo, y por eso escribimos esto, es que los perros parecen hacer algo parecido.
Lo que hicieron con 70 perros
En 2026, un equipo de la Universidad de Parma dirigido por Eleonora Biffi publicó en Proceedings of the Royal Society B un experimento sencillo de explicar y difícil de hacer bien.
Pusieron a cada perro frente a dos pantallas: en una, una figura negra redondeada; en la otra, una picuda. Por un altavoz sonaba una de las dos palabras inventadas, quince veces, una cada dos segundos. Cada prueba duraba treinta segundos: los primeros veinte el perro estaba sujeto por su dueño y solo podía mirar; los últimos diez quedaba suelto y podía acercarse a la pantalla que quisiera.
La medida principal fue hacia dónde giraba la cabeza y cuánto tiempo se quedaba mirando, calculado a partir del video. Y el resultado se repitió en los dos experimentos: los perros miraron significativamente más tiempo la figura redondeada mientras sonaba «bouba», y la picuda mientras sonaba «kiki».
Hay un detalle del diseño que vale la pena contar, porque es el que convierte una curiosidad en un dato. La objeción obvia es que el dueño, sin querer, le esté marcando algo al perro: una mirada, un cambio de postura. Por eso en el segundo experimento, con diecinueve perros más, los dueños llevaban audífonos con música y no podían oír las palabras. El efecto en la mirada siguió ahí.
Los autores lo resumen así: sus resultados sugieren que una asociación espontánea entre sonido y forma parecida a la humana también está presente en perros domésticos adultos.
Dónde el estudio se queda corto, y conviene decirlo
La parte de explorar —acercarse a una pantalla u otra cuando los soltaban— no se comportó igual. En el primer experimento los perros pasaron más tiempo explorando la figura picuda cuando sonaba «kiki»; en el segundo, el de los audífonos, no mostraron preferencia por ninguna de las dos.
Eso no tumba el hallazgo, porque la mirada sí se repitió en ambos. Pero sí marca su tamaño: lo que se midió es una tendencia de la atención, de medio segundo aquí y medio segundo allá, no un perro que entiende lo que significa una palabra.
De dónde sale todo esto: un libro de 1929
La pregunta no es nueva. En 1929, el psicólogo alemán Wolfgang Köhler dibujó dos figuras en su libro Gestalt Psychology y preguntó cuál se llamaba «takete» y cuál «baluba». En una edición posterior cambió «baluba» por «maluma». Köhler no dio la respuesta: dio por hecho que el lector la vería solo.
Las palabras que hoy conocemos llegaron en 2001, cuando V. S. Ramachandran y Edward Hubbard repitieron la prueba con «bouba» y «kiki» entre estudiantes estadounidenses y hablantes de tamil en India. Entre el 95 % y el 98 % eligió igual. Esa cifra es la que se repite en todos lados, y es la que conviene mirar con calma.
¿Es universal? Sí, pero menos limpio de lo que se cuenta
La prueba más grande hasta ahora es de 2021: Aleksandra Ćwiek y su equipo lo midieron en 25 idiomas, nueve familias lingüísticas y diez sistemas de escritura, con 917 participantes analizados. El efecto está. Pero las cifras reales son más modestas que el 95 %: la proporción de respuestas congruentes fue del 72 %.
Y hay una asimetría que casi nunca se menciona. «Bouba» se emparejó con la figura redonda en 22 de los 25 idiomas. «Kiki» con la picuda, solo en 11. O sea: la mitad redonda del efecto es mucho más sólida que la picuda.
También hay excepciones documentadas. Hablantes de syuba, en Nepal, y de hunjara, en Papúa Nueva Guinea, no mostraron el efecto en las pruebas clásicas. Son dos casos sueltos frente a una literatura que en general lo confirma, pero están ahí y no se tachan.
En sentido contrario, un estudio de 2013 con los himba del norte de Namibia —un pueblo sin lengua escrita y con poco contacto con la cultura occidental— encontró que sí emparejan sonido y forma como nosotros. Lo que no coincidió fueron otros sentidos: el agua con gas y el chocolate los asociaron a formas distintas que los occidentales. La puerta entre oído y vista parece más universal que la del gusto.
Los pollitos que complicaron la historia
Si el efecto dependiera de saber leer, o de la forma que toma la boca al pronunciar, tendría una explicación cómoda. En 2026 esa comodidad se acabó.
Maria Loconsole y su equipo, en la Universidad de Padua, probaron lo mismo con pollitos de pocas horas de vida, antes de que pudieran aprender nada de nadie. Con «bouba», el 80 % se acercó primero a la figura redonda y pasó más de tres minutos explorándola, contra menos de uno en la picuda. Con «kiki», al revés.
Un pollito no tiene labios ni lengua para pronunciar «bouba», así que la explicación de la forma de la boca se cae. Queda otra, más vieja: que los objetos del mundo suenen como se ven. Lo puntiagudo choca, raspa y truena; lo redondo rueda y golpea sordo. Un animal que asocia esas dos cosas se ahorra un instante al reaccionar, y ese instante a veces es todo.
Conviene añadir la objeción de la propia Ćwiek, que no participó en ese estudio: si el efecto ya está en un pollito recién nacido, entonces dice menos sobre el origen del lenguaje humano de lo que se pensaba, porque es anterior al lenguaje.
Qué significa esto para ti y tu perro
Aquí hay que tener cuidado, porque es donde la nota se vuelve consejo y se inventa.
Lo que el estudio dice: un perro adulto, sin entrenamiento, orienta la mirada de manera distinta según si oye una palabra redonda o una picuda. Es una tendencia de la atención.
Lo que el estudio no dice: no dice que tu perro entienda mejor un nombre con ciertos sonidos, ni que obedezca más rápido una orden «picuda», ni que haya nombres buenos y malos. Nadie ha medido eso, y afirmarlo sería pasarse varios pueblos.
Lo que sí queda, y no es poco, es un recordatorio de cómo está hecho el animal que vive contigo: percibe por canales cruzados, igual que nosotros. Si te interesa esa parte, tenemos medido lo que se sabe de cómo ven los perros —que no es en blanco y negro— y de cómo ven los gatos, con sus fuentes.
Y si andas eligiendo nombre, el nuestro generador de nombres no sabe nada de bouba ni de kiki. Lo decimos para que no te lo imagines: lo que ahí sale sale de listas de nombres usados en México, no de este estudio.
Por qué nos importa esta clase de noticias
En nuestra sección de investigación juntamos lo que se sabe de la percepción de perros y gatos con sus fuentes, y marcamos la diferencia entre lo medido y lo que suena bien. El efecto bouba-kiki es un buen ejemplo de por qué hace falta: la cifra que circula es 95 %, la del estudio grande es 72 %, y la mitad del efecto —la picuda— es bastante más floja que la otra. Las tres cosas son verdad al mismo tiempo, y solo la primera llega a los titulares.



