Los gatos ocultan la enfermedad mejor que casi cualquier animal doméstico, y eso tiene una consecuencia directa: cuando un dueño nota que algo va mal, la enfermedad suele llevar tiempo instalada. Por eso, a partir de cierta edad, el seguimiento deja de basarse en lo que se ve y pasa a basarse en lo que se mide.

Las etapas que usan los veterinarios felinos: maduro de 7 a 10 años, senior de 11 a 14, geriátrico a partir de 15.

El cambio principal: dos revisiones al año

Un año de un gato mayor equivale a varios humanos, y doce meses entre revisiones dejan demasiado margen. A partir de los siete, dos veces al año.

Las cuatro pruebas

1. Examen general de orina

De 300 a 700 pesos, y es la más rentable de todas. La densidad urinaria baja antes de que la creatinina en sangre suba, así que la orina detecta la enfermedad renal antes que el análisis de sangre. Es la prueba que más se omite.

2. Química sanguínea y biometría

De 700 a 2,000 pesos las dos. Riñón, hígado, glucosa y proteínas. Con una advertencia: los valores «dentro del rango» no siempre significan normal en un gato mayor. La comparación que importa es con sus propios valores de años anteriores, y por eso conviene empezar a medir a los siete y no a los doce.

3. T4, la hormona tiroidea

El hipertiroidismo es de las enfermedades más frecuentes del gato mayor y de las más agradecidas de tratar. Se manifiesta con hambre voraz y pérdida de peso al mismo tiempo, hiperactividad, maullido nocturno y pelo descuidado. Y con frecuencia arrastra hipertensión.

4. Presión arterial

De 250 a 600 pesos. Casi nunca se ofrece de rutina y es la que evita la peor sorpresa: la ceguera brusca por desprendimiento de retina. Es obligada si hay enfermedad renal o hipertiroidismo diagnosticados.

El peso, que vale tanto como las pruebas

Pesar al gato en casa cada mes, con una báscula de cocina y una caja, y anotarlo. Una pérdida sostenida del 5 % o más sin cambiar la comida es un signo de alarma por sí solo, incluso con analítica normal, y suele aparecer meses antes que cualquier otra cosa.

Lo que conviene mirar en casa

  • Agua y arena. Beber más y orinar más son los primeros signos de riñón, diabetes e hipertiroidismo. Se mide con una jarra y mirando el tamaño de las bolas del arenero.
  • Cómo salta. Un gato que ya no sube donde subía casi nunca es «flojo»: tiene artrosis, que es mucho más frecuente en gatos mayores de lo que se creía y casi nunca se diagnostica.
  • Cómo se acicala. Un gato que deja de limpiarse el lomo o la base de la cola normalmente no llega: dolor articular o boca.
  • La boca. Mal aliento, comer de un lado, dejar caer croquetas.
  • Dónde duerme y cuánto se esconde.

Ajustes en casa

  • Areneros de borde bajo o con una entrada recortada: un gato artrósico deja de usar el arenero cuando saltar el borde duele, y eso se lee como «problema de conducta».
  • Escalones o rampas a sus sitios altos favoritos, para que no los pierda.
  • Comederos y bebederos accesibles, sin tener que subir ni agacharse mucho.
  • Camas más calientes y blandas, alejadas del piso frío.
  • Más alimento húmedo: ayuda a la hidratación, que en riñón importa mucho.
  • Cepillado diario, porque él ya no llega a todas partes.

La conversación sobre la comida

El alimento renal terapéutico cambia el curso de la enfermedad renal cuando está indicado, y no es una versión premium del normal: es un producto con un propósito clínico y se receta. Al mismo tiempo, no se pone a un gato sano en dieta renal «por si acaso»: la restricción de fósforo y proteína sin necesidad hace perder masa muscular, que es justo lo que un gato mayor no puede permitirse.